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El sábado 21 de Mayo el diario La Tercera publicó una editorial con el título “Cuantiosa capitalización a Televisión Nacional”. Al día siguiente El Mercurio editorializó sobre el mismo tema con el título “Erradas propuestas para TVN”.
Algunos de los argumentos esbozados en los cuestionamientos de ambas empresas:

-“Una trasnochada visión del Estado empresario vuelve a imponerse en materia de políticas públicas”;
– “Resulta un enfoque equivocado pedirle a una repartición del Estado -burocrática, rígida y sujeta a la crítica pública- que lo haga con calidad, eficacia y eficiencia”.

Días después, la ofensiva se fortaleció con más críticas provenientes del ámbito político-partidario, incluidos dirigentes de la derecha y de la centro-izquierda, sectores cuyos representantes – elegidos en negociaciones secretas entre gobierno y oposición- están presentes en el Directorio de TVN desde hace veinticinco años, pero que los diarios de los conglomerados y los políticos de todas las tendencias se esmeran en pretender ignorar, para culpar sólo a la administración de las dificultades económicas como si los directores actuales del binominal político fueran inocentes invitados de piedra, cuando ellos son efectivamente y en buena parte, los responsables de la actual situación por la que atraviesa TVN.

Pero vamos con los diarios y lo que fue su conducta histórica en relación con los recursos del Estado.
El Mercurio y La Tercera estaban prácticamente quebrados al finalizar la dictadura militar. Ambos se beneficiaron con sendas ayudas del Banco del Estado de Chile, es decir con plata de todos los chilenos. Historia antigua que resulta necesario recordar ahora, aunque sea de manera sucinta.

En 1990, el Banco del Estado se querelló contra los anteriores directivos de la entidad estatal denunciándolos por fraude. Incluso Alvaro Bardón, quien fuera Presidente del BECH y columnista de El Mercurio, cayó preso.

El salvataje de El Mercurio y Copesa consistió en operaciones SWAP destinadas a trasladar los créditos que mantenían con la entidad estatal. El canje de deudas fue catastrófico para el fisco, estimándose las pérdidas en unos 26 millones de dólares de la época.
Andrés Sanfuentes, Presidente del Banco del Estado al restablecerse la democracia, y quien firmó una querella criminal contra Bardón y otros, declaró:

“Los bancos se desprendieron de carteras que para ellos o eran muy malas o tenían problemas específicos. Entonces eran puros cachos los que llegaban, porque tenían problemas políticos u otro tipo de dificultades. Eso, los que tenían algún valor económico. Había otros que eran podridos y algunos que eran carteras relacionadas, o sea que eran créditos otorgados a personas relacionadas con los dueños de los propios bancos”.

Las acreencias de El Mercurio eran tres veces mayores que las permutadas. Sanfuentes sentenció entonces:
“Por supuesto el Banco del Estado perdió, porque, en el fondo estos contratos eran imposibles de ocupar y por lo tanto no se iban a cobrar”.
Lo más sorprendente de todo es que el Banco del Estado compró por adelantado espacios publicitarios por los siguientes diez años, lo que permitió a El Mercurio y a su dueño descontar casi dos millones de dólares de las deudas que mantenían con la entidad estatal.
Esto es como si el Banco del Estado facilitara hoy fondos frescos por varios millones de dólares a TVN, pagaderos con avisos durante los próximos diez años. Hay que imaginarse los indignados comentarios que pulularían en ambos diarios y en la clase política chilena si algo semejante llegara a producirse.

Pero, volviendo a 1991, el arreglo de los swaps y los pagos con publicidad a largo plazo permitieron al grupo Edwards calificar para un préstamo del Citibank por más de siete millones de dólares.

El juez del Quinto Juzgado del Crimen, Alejandro Solís sometió a proceso y declaró reos a Bardón y a otros cinco ex ejecutivos del banco estatal, en el proceso 133.428-6. Pero todo acabó con un “supremazo” de la prodigiosa Cuarta Sala de la Corte Suprema – integrada por jueces como Hernán Cereceda (destituido por el Senado) y Lionel Beraud- que revocó las órdenes de detención que habían sido ratificadas por la Corte de Apelaciones. Ahí terminó el proceso.

La situación de Copesa, que edita los diarios La Tercera, La Cuarta y el semanario Qué Pasa, era a fines de los ochenta tan compleja como la que afligía a El Mercurio.

En Agosto de 1987, Copesa adeudaba a los bancos acreedores 1 millón 860 mil UF, alrededor de cincuenta mil millones de pesos de hoy, de los cuales 922 mil UF, unos veinticuatro mil millones, debía al Banco del Estado. Los bancos acreedores suscribieron un convenio de reprogramación, extendiéndole el plazo de pago a 13 años. Además, el Banco del Estado con el dinero de Moya le extendió un nuevo crédito de 125 mil UF a Copesa en octubre de 1987.

Al igual que con El Mercurio, el Banco del Estado aceptó que le abonaran a través de canjes publicitarios 1 millón 295 mil dólares adeudados, según contrato del 14 de noviembre de 1989. Era el mismo modus operandi. Hubo permutas de acreencias con los bancos Sudamericano, Osorno y La Unión y del Pacífico, todas incluidas en el proceso 133.428-6.

En virtud de las escrituras públicas 27 y 29 de diciembre de 1989; 19 de enero; 19, 20, 21 y 22 de febrero y 8 de marzo de 1990 (dos días antes del cambio de mando presidencial), el Banco del Estado cedió todas las acreencias que tenía contra Copesa (287. 279 UF) y la compañía controladora Malan (978.460 UF), a los bancos Sudamericano (87% de las deudas) y del Pacífico (13%).
En resumen, decenas de miles de millones de fondos públicos permitieron reflotar, no a empresas públicas como TVN – que al fin al cabo pertenece a todos los chilenos- sino a consorcios privados como La Tercera y El Mercurio, ahora convertidos en defensores del uso de recursos estatales. ¿Cuál es la moral y el estándar de los editorialistas en todo esto? Mmmm…

Seguramente TVN no ha hecho bien las cosas ni buenos negocios en los últimos años. Ciertamente hay muchas dudas respecto al funcionamiento e integración de su Directorio. Algunos sueldos de sus ejecutivos pueden parecer hasta obscenos en la actual coyuntura… pero, con todas sus insuficiencias, TVN tiene un historial de logros espectaculares.

Estamos hablando de una estación pública distinta a todo lo conocido en el continente donde proliferan canales estatales transformados en plataformas propagandísticas como ocurre en Argentina o Venezuela.

Estamos hablando de un canal que ha mostrado su respeto por el pluralismo, la promoción de la democracia, la representación de las minorías, la información decente y la apertura editorial para que todos los sectores tengan una tribuna.

Televisión Nacional es una garantía pública para la libertad de expresión y así lo ha demostrado en los últimos veinticinco años.

Fue el único medio televisivo que durante más de un lustro fue desvelando los alcances de la tortura y la persecución política en Chile, la única estación que podía transmitir mensajes directos para la prevención contra el SIDA, mientras el señor Claro, propietario de MEGA los secuestraba del conocimiento público, y la Iglesia Católica los expurgaba en las transmisiones de Canal 13; fue el Canal que desarrolló una exitosa área dramática que pudo construir un mundo de ficciones afincado en la realidad nacional, permitiendo un florecimiento de la actividad dramática audiovisual; fue este medio público el que garantizó el acceso a cientos de debates públicos y a una impecable cobertura periodística en todas las elecciones realizadas en el país; fue este medio el que levantó una red de estaciones a lo largo del país para servir a las regiones…con sus propios recursos sin recibir un peso del fisco y en más de una ocasión contribuyendo con sus ganancias a la caja fiscal.

La reacción editorial del oligopolio periodístico de medios impresos contra TVN es comprensible. Nunca le ha gustado la idea de lo público, pero resulta increíble la ligereza con la cual algunos políticos y comentaristas han reaccionado a la posibilidad de una capitalización de TVN y a la construcción de una señal cultural.

Parecen ignorar que Megavisión y Chilevisión pertenecen a empresas internacionales, con enormes espaldas financieras, y que la red radial y televisiva de Canal 13-con pérdidas relevantes- pertenece al más poderoso zar de los negocios de Chile y uno de los más pudientes capitanes de industria del continente.

¿Por qué están metidos en la industria de la televisión estos empresarios chilenos y extranjeros si el negocio es tan malo y nadie está viendo los programas, según el análisis de algunos observadores?

¿Es deseable que vaya el país hacia el oligopolio televisivo y radial?

¿Nada les dice eso, señores Espejo, Velasco, Allamand, Walker, Zaldívar?

¿Nada les enseña la historia del pluralismo perdido de los diarios del pasado cuando había en Chile una mayor diversidad empresarial y

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